La revuelta iniciada el 20 de noviembre de 1910 se reflejó con mayor o menor fortuna en el terreno de las artes, siendo la literatura y las artes plásticas donde germinaron sus mejores frutos.
Apenas levantada la tolvanera revolucionaria, aparecieron los primeros textos que reivindicaron las aspiraciones de los opositores al régimen porfirista.
Casi en el amanecer del movimiento aparece la novela Andrés Pérez, maderista, del prolífico Mariano Azuela, quien cuatro años después publicó Los de abajo, en un periódico de El Paso, Texas.
En 1929 aparece un título fundamental para lo que se ha dado en llamar la narrativa de la Revolución: La sombra del Caudillo, de Martín Luis Guzmán, quien desde el exilio retrató las maniobras de Álvaro Obregón para perpetuarse en el poder.
Estas historias comparten una visión pesimista hacia el movimiento iniciado en 1910 y relanzado en 1913 contra el reaccionario Victoriano Huerta, asesino de Francisco I. Madero.
Otras narraciones recogen el mismo desencanto, como se advierte en el cuento “El llano en llamas”, de Juan Rulfo o los textos de José Rubén Romero, que aparecen en el mediodía del siglo XX, mientras que algunos retazos de la lucha se advierten en Pedro Páramo, también de Juan Rulfo.
De hecho, en esta última, la Revolución corre como un ciclorama, con su turba de maderistas, villistas, carranclanes y hasta cristeros, como atestigua el alzamiento del padre Rentería.
De Rafael F. Muñoz tenemos Vámonos con Pancho Villa, una auténtica radiografía del espíritu del Centauro del Norte, y quizás una de las obras más optimistas del género.
En un registro más irreverente y punzante, apoyado en un humor atroz y en una ironía aniquiladora, Jorge Ibargüengoitia entregó Los relámpagos de agosto, que aborda la última intentona subversiva, llamada la revolución de los ferrocarriles.
Esta última revuelta fue un intento por frenar la aparición del Partido Nacional Revolucionario, ideado por Plutarco Elías Calles.
Ibargüengoitia, que se paseó por los géneros más significativos de la mitad del siglo XX, como la novela de dictadores (Maten al león), la de denuncia social con tintes noir (Las muertas) y la propia novela de la Revolución (la ya citada Los relámpagos de agosto), es el que nos ofrece una lectura cáustica del movimiento armado, aderezada por la parodia y la sátira política.
Sus personajes son unos cuantos peleles, que actúan bajo los designios de una inteligencia maligna, la de Vidal Sánchez, versión literaria del ambicioso Calles.
Con esta ópera prima, Ibargüengoitia dejó constancia de su talento narrativo, pero sobre todo de su mirada mordaz.
Pero la visión más crítica y desencantada vino años más tarde, con la aparición de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, quien retrata a un oportunista que se aprovecha del movimiento armado para enriquecerse.
La novela significó el canto del cisne del género, aunque años más tarde el propio Fuentes trataría de darle nuevo aliento con la publicación de Gringo viejo, aunque esta historia carecía de altura épica.
Para cerrar este apretado recuento de letras y balas, debemos recordar a José Revueltas, a quien debemos una historia estrujante, cubista en la forma, pero existencialista en el planteamiento. Hablo de El luto humano, que muestra el rostro descarnado de una revolución domesticada, que movió todo y nada cambió.
sábado, 28 de noviembre de 2009
sábado, 24 de octubre de 2009
Galileo
Un buen día
–no: una noche–
Galileo enterró su mirada
en la carne oscura del cosmos.
Y vio qué tan ciegos estábamos.
Allá afuera, como bailarinas de ballet,
los planetas, esos viejos errantes,
giraban
danzaban al son que les tocaba el Sol.
Guiados por una música oscura,
gravitacional,
que ya había intuido Pitágoras,
pero que el de Samos,
apenas pudo balbucir.
Música de las esferas.
Aquella pretérita noche,
con su estilete óptico,
Galileo trazó las calles
de nuestro vecindario solar.
Y supo de la terquedad del Sol
auriga de invisible mano
que guía firme sus caballos planetarios
–Newton, ese apostador contumaz,
hizo una fortuna yendo sobre seguro–
Con su escalpelo de redondo vidrio
Galileo diseccionó las entrañas de la Luna
y para tristeza de los poetas
y de los niños golosos
dio con la fatal verdad:
ni de plata ni de queso.
Sólo polvo
Y valles y montañas
Y algo que parecían mares
–ah, la líquida ilusión del agua–
Dictaminó una Luna un poco menos poesía
Y un poco más prosa.
.
Poco a poco
como quien se acostumbra a la luz
con trémulo espíritu
Galileo cartografió este trozo de cosmos
apenas un avaro rincón
en el jardín galáctico;
pero donde brotan las flores
coronadas de aves.
Y donde día a día
nos damos amorosa muerte.
Pero nada.
Galileo ya no veía minucias:
la suya ya era la mirada del cíclope.
Y así vio que alrededor de Júpiter
ese planeta con ínfulas de estrella
orbitaba una diminuta corte de lunas,
cachorros siderales,
esféricas niñas abrazadas en una ronda cósmica
en torno a su olímpico padre.
Y Galileo quedó maravillado;
por un momento sin palabras.
Dio gracias al Creador por permitirle ver
los jardines astronómicos de su Obra
que era buena.
Y no supo qué decir,
qué pensar,
qué imaginar
ante los anillos de Saturno;
los imaginó –pensó, supuso– unos inmensos cuernos
que aparecían
y se borraban:
fantasmales;
una corona sobre la testa del testarudo planeta
esa inmensa bola de gas atormentado
–que, dicen, flotaría sobre el agua
si un océano capaz de abrazarlo hubiera–
Y un buen día
–ése sí–
Galileo se quedó ciego.
Pero ya lo había visto todo,
y en su memoria de silicio
con seguridad refulgían
los dorados caballos del sol
que un buen día
le habían derretido las resecas retinas.
–no: una noche–
Galileo enterró su mirada
en la carne oscura del cosmos.
Y vio qué tan ciegos estábamos.
Allá afuera, como bailarinas de ballet,
los planetas, esos viejos errantes,
giraban
danzaban al son que les tocaba el Sol.
Guiados por una música oscura,
gravitacional,
que ya había intuido Pitágoras,
pero que el de Samos,
apenas pudo balbucir.
Música de las esferas.
Aquella pretérita noche,
con su estilete óptico,
Galileo trazó las calles
de nuestro vecindario solar.
Y supo de la terquedad del Sol
auriga de invisible mano
que guía firme sus caballos planetarios
–Newton, ese apostador contumaz,
hizo una fortuna yendo sobre seguro–
Con su escalpelo de redondo vidrio
Galileo diseccionó las entrañas de la Luna
y para tristeza de los poetas
y de los niños golosos
dio con la fatal verdad:
ni de plata ni de queso.
Sólo polvo
Y valles y montañas
Y algo que parecían mares
–ah, la líquida ilusión del agua–
Dictaminó una Luna un poco menos poesía
Y un poco más prosa.
.
Poco a poco
como quien se acostumbra a la luz
con trémulo espíritu
Galileo cartografió este trozo de cosmos
apenas un avaro rincón
en el jardín galáctico;
pero donde brotan las flores
coronadas de aves.
Y donde día a día
nos damos amorosa muerte.
Pero nada.
Galileo ya no veía minucias:
la suya ya era la mirada del cíclope.
Y así vio que alrededor de Júpiter
ese planeta con ínfulas de estrella
orbitaba una diminuta corte de lunas,
cachorros siderales,
esféricas niñas abrazadas en una ronda cósmica
en torno a su olímpico padre.
Y Galileo quedó maravillado;
por un momento sin palabras.
Dio gracias al Creador por permitirle ver
los jardines astronómicos de su Obra
que era buena.
Y no supo qué decir,
qué pensar,
qué imaginar
ante los anillos de Saturno;
los imaginó –pensó, supuso– unos inmensos cuernos
que aparecían
y se borraban:
fantasmales;
una corona sobre la testa del testarudo planeta
esa inmensa bola de gas atormentado
–que, dicen, flotaría sobre el agua
si un océano capaz de abrazarlo hubiera–
Y un buen día
–ése sí–
Galileo se quedó ciego.
Pero ya lo había visto todo,
y en su memoria de silicio
con seguridad refulgían
los dorados caballos del sol
que un buen día
le habían derretido las resecas retinas.
viernes, 16 de octubre de 2009
Poe
Tell me what thy lordly name is on the Night's Plutonian shore!
'Quoth the raven, `Nevermore.'
“The Raven”
Edgar Allan Poe fue enterrado con toda pompa 160 años después de su muerte, acaecida en Baltimore. El detalle del entierro nada prematuro coincide con el bicentenario de su natalicio, ocurrido en Boston.
Tal vez ahora el espíritu de Poe descanse en paz, aunque se trata de una posibilidad remota: un alma atribulada como la suya difícilmente podría encontrar el reposo.
Nadie sabe qué mató al escritor.
Algunos dicen que en sus últimas horas de vida, mientras se consumía en una penosísima y terrible agonía, gritaba incesantemente una y otra vez el apellido “Reynolds”.
Lo que sí se sabe del caso es que Poe fue hallado a las afueras de una taberna, en lamentable estado, enfilado hacia la muerte.
Sobre su fallecimiento se barajan muchas hipótesis: exceso de mujeres y de alcohol en la sangre; rabia debida a la mordedura de un perro; la romántica tuberculosis; o una muy poco poética vinculada con el cólera.
Sin embargo, las notas necrológicas de los diarios afirmaban que el autor de “El cuervo” había fallecido debido a congestión cerebral, otra causa bastante prosaica.
Como quiera que haya sido, Poe murió prácticamente en la ruina, olvidado por casi todos y de una forma nada gloriosa.
La suya es un nuevo capítulo de la ingratitud de la vida hacia los escritores geniales.
Auténtico renovador de la ficción corta, poeta de abismos demenciales, apasionado en sus críticas y lúcido en su teorización literaria, Poe fue un autor poliédrico, que nos dejó textos fundamentales como “El gato negro”, “William Wilson” o “Un corazón delator”.
Es el padre del cuento moderno, decantándose por las historias de horror, locura y muerte, su literatura está erizada de narraciones de corte gótico, llena de penumbras y de desgarro, aunque también tuvo tiempo para incursionar en la ciencia ficción y hasta en el humor.
Su obra influyó en miles de escritores y ha reptado a otras artes, en particular el cine.
Muerto el 7 de octubre de 1849, sus honras fúnebres fueron modestas, por decir lo menos. Tan sólo siete, quizás diez personas asistieron a las exequias, que culminaron con el entierro de Poe en el cementerio de Westminster .
Ahora, a 160 años de su muerte, Baltimore decidió organizar un funeral en toda regla para este mítico autor de poemas y narraciones brillantemente oscuras.
“The Raven”
Edgar Allan Poe fue enterrado con toda pompa 160 años después de su muerte, acaecida en Baltimore. El detalle del entierro nada prematuro coincide con el bicentenario de su natalicio, ocurrido en Boston.
Tal vez ahora el espíritu de Poe descanse en paz, aunque se trata de una posibilidad remota: un alma atribulada como la suya difícilmente podría encontrar el reposo.
Nadie sabe qué mató al escritor.
Algunos dicen que en sus últimas horas de vida, mientras se consumía en una penosísima y terrible agonía, gritaba incesantemente una y otra vez el apellido “Reynolds”.
Lo que sí se sabe del caso es que Poe fue hallado a las afueras de una taberna, en lamentable estado, enfilado hacia la muerte.
Sobre su fallecimiento se barajan muchas hipótesis: exceso de mujeres y de alcohol en la sangre; rabia debida a la mordedura de un perro; la romántica tuberculosis; o una muy poco poética vinculada con el cólera.
Sin embargo, las notas necrológicas de los diarios afirmaban que el autor de “El cuervo” había fallecido debido a congestión cerebral, otra causa bastante prosaica.
Como quiera que haya sido, Poe murió prácticamente en la ruina, olvidado por casi todos y de una forma nada gloriosa.
La suya es un nuevo capítulo de la ingratitud de la vida hacia los escritores geniales.
Auténtico renovador de la ficción corta, poeta de abismos demenciales, apasionado en sus críticas y lúcido en su teorización literaria, Poe fue un autor poliédrico, que nos dejó textos fundamentales como “El gato negro”, “William Wilson” o “Un corazón delator”.
Es el padre del cuento moderno, decantándose por las historias de horror, locura y muerte, su literatura está erizada de narraciones de corte gótico, llena de penumbras y de desgarro, aunque también tuvo tiempo para incursionar en la ciencia ficción y hasta en el humor.
Su obra influyó en miles de escritores y ha reptado a otras artes, en particular el cine.
Muerto el 7 de octubre de 1849, sus honras fúnebres fueron modestas, por decir lo menos. Tan sólo siete, quizás diez personas asistieron a las exequias, que culminaron con el entierro de Poe en el cementerio de Westminster .
Ahora, a 160 años de su muerte, Baltimore decidió organizar un funeral en toda regla para este mítico autor de poemas y narraciones brillantemente oscuras.
viernes, 11 de septiembre de 2009
11-S. La historia resucitada
El siglo XXI se inauguró dramáticamente el martes 11 de septiembre de 2001.
Estupefactos, millones de televidentes acudimos al insólito espectáculo del ataque y caída de las Torres Gemelas de Nueva York. Asomados a la ventana electrónica, contemplamos el paisaje en ruinas de la superpotencia atacada en su jardín principal.
Sintomático, simbólico, casi alegórico, el derrumbe en cámara lenta del World Trade Center supuso un hachazo al corazón financiero de los Estados Unidos.
La estela de violencia que había sacudido al siglo XX, volvía con la fuerza de un espectro que amenazaba con materializarse nuevamente.
Tras medio siglo de relativa paz mundial, alterada de manera ocasional por conflictos locales, como ocurrió en Corea, Vietnam y Afganistán, el mundo no había vuelto a oír de luchas a escala global.
Por otra parte, el derrumbe del socialismo real en 1989 dejó a los Estados Unidos como la única potencia mundial y al capitalismo como el sistema económico e ideológico dominante.
El mundo parecía encaminarse a un páramo uniforme, homogenizado.
Pero aquella mañana de martes, la historia, aparentemente condenada a ser clausurada, dio un sacudón cuyos efectos aún se sienten.
Más allá de las decenas de teorías conspirativas que han surgido en torno al 11-S, el ataque a las Torres Gemelas convulsionó al mundo.
Miles han muerto desde entonces, en una nueva polarización cuyos orígenes se remontan al siglo VII, cuando el emergente Islam atacó las vetustas y frágiles posiciones del Imperio Romano de Oriente, al que literalmente arrolló y devoró.
De entonces a la fecha, islamismo y cristianismos han conocido diferentes fases de lucha y convivencia, como lo demuestra la España de los siglos VIII al XV: espacio y tiempo de tolerancia y persecución; de fraternidad y de odios exterminadores.
Las Cruzadas quizás fueron el momento de mayor enfrentamiento basados puramente en razones religiosas, aunque los intereses económicos y políticos asomaron sus narices muy pronto.
La lucha desatada entre Occidente y el Islam en el alba del siglo XXI obedece a razones geopolíticas y estratégicas de dominación de los recursos energéticos, que las tierras del Medio Oriente guardan en su interior.
La lucha de civilizaciones, enunciada por Huntington, es sólo una fachada para ocultar la ambición de las sedientas compañías petroleras de Estados Unidos y Europa occidental, que ansían beberse los hidrocarburos que yacen bajo los ardientes desiertos de Irak, Irán y Afganistán.
El 11-S también dejó constancia de los poderosos mecanismos de manipulación, que pueden ser aprovechados para justificar una guerra como la de Irak. Y aunque un sector de la población reaccionó y se sumó a las multitudinarias marchas para detener la guerra, lo cierto es que la pasividad ha acabado por imponerse.
Pero además, el ataque supuso el desencadenamiento de la histeria en la sociedad estadounidense, atizada por la violencia amarillista de medios como Fox o USA Today. A los pasivos del 11-S hay que agregar el exacerbamiento de la xonofobia, en un país de por sí racista.
Sin embargo, la lección más permanente tiene que ver con la reactivación de la historia, entendida como un devenir inagotable, que transforma el espíritu humano, aunque de alguna manera le dio la razón a Clausewitz, quien veía en la guerra a la dínamo de la historia, al anclarse en una continuación de la política.
La historia ha resucitado, así sea para mal.
Estupefactos, millones de televidentes acudimos al insólito espectáculo del ataque y caída de las Torres Gemelas de Nueva York. Asomados a la ventana electrónica, contemplamos el paisaje en ruinas de la superpotencia atacada en su jardín principal.
Sintomático, simbólico, casi alegórico, el derrumbe en cámara lenta del World Trade Center supuso un hachazo al corazón financiero de los Estados Unidos.
La estela de violencia que había sacudido al siglo XX, volvía con la fuerza de un espectro que amenazaba con materializarse nuevamente.
Tras medio siglo de relativa paz mundial, alterada de manera ocasional por conflictos locales, como ocurrió en Corea, Vietnam y Afganistán, el mundo no había vuelto a oír de luchas a escala global.
Por otra parte, el derrumbe del socialismo real en 1989 dejó a los Estados Unidos como la única potencia mundial y al capitalismo como el sistema económico e ideológico dominante.
El mundo parecía encaminarse a un páramo uniforme, homogenizado.
Pero aquella mañana de martes, la historia, aparentemente condenada a ser clausurada, dio un sacudón cuyos efectos aún se sienten.
Más allá de las decenas de teorías conspirativas que han surgido en torno al 11-S, el ataque a las Torres Gemelas convulsionó al mundo.
Miles han muerto desde entonces, en una nueva polarización cuyos orígenes se remontan al siglo VII, cuando el emergente Islam atacó las vetustas y frágiles posiciones del Imperio Romano de Oriente, al que literalmente arrolló y devoró.
De entonces a la fecha, islamismo y cristianismos han conocido diferentes fases de lucha y convivencia, como lo demuestra la España de los siglos VIII al XV: espacio y tiempo de tolerancia y persecución; de fraternidad y de odios exterminadores.
Las Cruzadas quizás fueron el momento de mayor enfrentamiento basados puramente en razones religiosas, aunque los intereses económicos y políticos asomaron sus narices muy pronto.
La lucha desatada entre Occidente y el Islam en el alba del siglo XXI obedece a razones geopolíticas y estratégicas de dominación de los recursos energéticos, que las tierras del Medio Oriente guardan en su interior.
La lucha de civilizaciones, enunciada por Huntington, es sólo una fachada para ocultar la ambición de las sedientas compañías petroleras de Estados Unidos y Europa occidental, que ansían beberse los hidrocarburos que yacen bajo los ardientes desiertos de Irak, Irán y Afganistán.
El 11-S también dejó constancia de los poderosos mecanismos de manipulación, que pueden ser aprovechados para justificar una guerra como la de Irak. Y aunque un sector de la población reaccionó y se sumó a las multitudinarias marchas para detener la guerra, lo cierto es que la pasividad ha acabado por imponerse.
Pero además, el ataque supuso el desencadenamiento de la histeria en la sociedad estadounidense, atizada por la violencia amarillista de medios como Fox o USA Today. A los pasivos del 11-S hay que agregar el exacerbamiento de la xonofobia, en un país de por sí racista.
Sin embargo, la lección más permanente tiene que ver con la reactivación de la historia, entendida como un devenir inagotable, que transforma el espíritu humano, aunque de alguna manera le dio la razón a Clausewitz, quien veía en la guerra a la dínamo de la historia, al anclarse en una continuación de la política.
La historia ha resucitado, así sea para mal.
martes, 18 de agosto de 2009
Taller de Literatura
Antecedentes
La literatura es la forma verbal del arte. Como tal, implica un proceso creativo peculiar, que pone en marcha una serie de mecanismos que incluyen a la imaginación, la memoria, la evocación y la simbolización.
La literatura en sus diferentes géneros aspira a construir enunciados que signifiquen algo más de lo que dicen. Los escritores asumen una postura crítica ante la vida, que por otra parte es su principal fuente de alimentación, en tanto que en un texto literario es un compendio de sentimientos, sensaciones, emociones y valores humanos.
Un escritor suele vaciar en su obra no sólo su experiencia vital, sino la de aquellos que lo rodean, aunque también acostumbra acudir a su bagaje cultural para diseñar sus propuestas creativas.
En esta línea, un taller de literatura invita a sus integrantes a mirarse a sí mismos para obtener un cúmulo de vivencias que pudieran convertirse en temas literarios, pero también los incita a acercarse a los libros no sólo como una inspiración, sino como un modelo a seguir. Un taller de literatura suele formar a lectores atentos, profesionales en su ejercicio lectivo.
Objetivo
Los participantes en el Taller de Literatura realizarán una serie de lecturas, que les permitan conocer los cánones del arte verbal, que a su vez les facilitará el ejercicio creativo de la palabra escrita.
Asimismo, acudirán a su experiencia personal, como una herramienta de conocimiento vivencial que les permitirá acercarse al drama de la existencia humana.
El taller privilegiará a las obras y a los escritores del ámbito iberoamericano, incluyendo a autores regionales y locales, cuyas obras sean significativas o representen un hito en el arte verbal.
Metas
Al concluir el Taller, los participantes habrán redactado una serie de textos literarios, en los que expresarán su particular visión en torno al arte verbal.
Mecanismo de trabajo
Los asistentes al Taller de Literatura realizarán un conjunto de lecturas, a partir de las cuales advertirán las diferentes técnicas de escritura, en los distintos géneros que forman parte del arte verbal. La variedad de mecanismos les permitirá tener una panorámica sobre la creación literaria, con miras a la producción de sus propios textos. De esta manera, las sesiones se dividirán en dos partes:
a) Lectura y comentario de un texto escrito por algún autor que goce de reconocimiento.
b) Presentación, análisis y corrección de textos presentados por los asistentes al Taller.
Se propone la realización de dos sesiones a la semana, con cuatro horas de
duración en total, con la intención de iniciar a quienes tengan un interés en la creación literaria.
La literatura es la forma verbal del arte. Como tal, implica un proceso creativo peculiar, que pone en marcha una serie de mecanismos que incluyen a la imaginación, la memoria, la evocación y la simbolización.
La literatura en sus diferentes géneros aspira a construir enunciados que signifiquen algo más de lo que dicen. Los escritores asumen una postura crítica ante la vida, que por otra parte es su principal fuente de alimentación, en tanto que en un texto literario es un compendio de sentimientos, sensaciones, emociones y valores humanos.
Un escritor suele vaciar en su obra no sólo su experiencia vital, sino la de aquellos que lo rodean, aunque también acostumbra acudir a su bagaje cultural para diseñar sus propuestas creativas.
En esta línea, un taller de literatura invita a sus integrantes a mirarse a sí mismos para obtener un cúmulo de vivencias que pudieran convertirse en temas literarios, pero también los incita a acercarse a los libros no sólo como una inspiración, sino como un modelo a seguir. Un taller de literatura suele formar a lectores atentos, profesionales en su ejercicio lectivo.
Objetivo
Los participantes en el Taller de Literatura realizarán una serie de lecturas, que les permitan conocer los cánones del arte verbal, que a su vez les facilitará el ejercicio creativo de la palabra escrita.
Asimismo, acudirán a su experiencia personal, como una herramienta de conocimiento vivencial que les permitirá acercarse al drama de la existencia humana.
El taller privilegiará a las obras y a los escritores del ámbito iberoamericano, incluyendo a autores regionales y locales, cuyas obras sean significativas o representen un hito en el arte verbal.
Metas
Al concluir el Taller, los participantes habrán redactado una serie de textos literarios, en los que expresarán su particular visión en torno al arte verbal.
Mecanismo de trabajo
Los asistentes al Taller de Literatura realizarán un conjunto de lecturas, a partir de las cuales advertirán las diferentes técnicas de escritura, en los distintos géneros que forman parte del arte verbal. La variedad de mecanismos les permitirá tener una panorámica sobre la creación literaria, con miras a la producción de sus propios textos. De esta manera, las sesiones se dividirán en dos partes:
a) Lectura y comentario de un texto escrito por algún autor que goce de reconocimiento.
b) Presentación, análisis y corrección de textos presentados por los asistentes al Taller.
Se propone la realización de dos sesiones a la semana, con cuatro horas de
duración en total, con la intención de iniciar a quienes tengan un interés en la creación literaria.
martes, 11 de agosto de 2009
Hiroshima
“Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia”, escribió Bob Caron tiempo después de que su avión, el Enola Gay, soltara una bomba atómica sobre Hiroshima.
Eras las 8 y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945.
Caron era el fotógrafo y artillero del aparato que habría de pasar a la historia universal del horror. Él fue el primer testigo presencial de los efectos que podía causar el artefacto diseñado por el Proyecto Manhattan.
Su relato asusta por la precisión quirúrgica, no exenta de cierta emoción.
“Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso”, refirió el soldado estadounidense.
Aquella misión le abriría las puertas a un miedo universal. La destrucción absoluta se materializaba en forma de furiosos átomos de uranio, que desgarraban, derribaban, reducían a escombros.
El hongo nuclear encarnó la fusión de todas nuestras pesadillas.
Los despojos humanos que sobrevivieron a las llamas y a la onda expansiva se convirtieron en símbolo descarnado de una época marcada por la barbarie tecnificada.
La bomba de Hiroshima significó la supremacía del mal por encima de las fuerzas creadoras; la radioactividad se convirtió en el símbolo de la desesperanza y no en el de una matriz dadora de vida.
Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron el corolario de una tendencia con siglos de acelerada evolución. Los miles de muertos que dejaron artefactos relativamente pequeños han sembrado la zozobra durante décadas.
Por años, un fantasma recorrió el mundo: el fantasma de la guerra nuclear. El antagonismo entre Estados Unidos y la Unión Soviética puso al planeta al borde de la aniquilación total en más de una ocasión.
Sin embargo, la desaparición del bloque comunista no significó el fin del miedo. Los halcones de la guerra no se han cansado de inventar conflictos y de alimentar la discordia, encadenando al mundo.
Esa mañana de agosto, se inauguró la Era Atómica, marcada por el horror y el delirio; la muerte y el absurdo.
Aún seguimos en ella.
Eras las 8 y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945.
Caron era el fotógrafo y artillero del aparato que habría de pasar a la historia universal del horror. Él fue el primer testigo presencial de los efectos que podía causar el artefacto diseñado por el Proyecto Manhattan.
Su relato asusta por la precisión quirúrgica, no exenta de cierta emoción.
“Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso”, refirió el soldado estadounidense.
Aquella misión le abriría las puertas a un miedo universal. La destrucción absoluta se materializaba en forma de furiosos átomos de uranio, que desgarraban, derribaban, reducían a escombros.
El hongo nuclear encarnó la fusión de todas nuestras pesadillas.
Los despojos humanos que sobrevivieron a las llamas y a la onda expansiva se convirtieron en símbolo descarnado de una época marcada por la barbarie tecnificada.
La bomba de Hiroshima significó la supremacía del mal por encima de las fuerzas creadoras; la radioactividad se convirtió en el símbolo de la desesperanza y no en el de una matriz dadora de vida.
Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron el corolario de una tendencia con siglos de acelerada evolución. Los miles de muertos que dejaron artefactos relativamente pequeños han sembrado la zozobra durante décadas.
Por años, un fantasma recorrió el mundo: el fantasma de la guerra nuclear. El antagonismo entre Estados Unidos y la Unión Soviética puso al planeta al borde de la aniquilación total en más de una ocasión.
Sin embargo, la desaparición del bloque comunista no significó el fin del miedo. Los halcones de la guerra no se han cansado de inventar conflictos y de alimentar la discordia, encadenando al mundo.
Esa mañana de agosto, se inauguró la Era Atómica, marcada por el horror y el delirio; la muerte y el absurdo.
Aún seguimos en ella.
domingo, 19 de julio de 2009
Deep deep blue
La melancolía, o bilis negra, como se llamó a este estado del alma en la Antigüedad, no se ha ido. Se mantiene aquí, a nuestro lado, batiendo el aire con sus alas grises, como aquel ángel de Durero.
Sin cambiar mucho de maquillaje, se ha instalado cómodamente en las urbes. Planea sobre la cabeza de las multitudes que se apelotonan en el metro, en un concierto o en un partido de fútbol.
Tras la euforia de la masa acecha la tristeza negra.
A diferencia de la angustia, donde no se sabe a dónde apuntar las baterías del miedo porque el causante es un fantasma, la melancolía nos sume en la tristeza por un exceso de lucidez: sabemos la distancia que nos separa de la felicidad.
Somos modernos Tántalos que por más que estiramos el brazo, el fruto se nos escurre con su líquida y fantasmagórica consistencia. La búsqueda de la felicidad es un asunto triste.
Nuestros días son ciclotímicos: las electrocardiografías del alma oscilan entre el optimismo de plástico y las geniales imposturas. Para enfrentar la desolación tenebrosa que planea sobre las grandes urbes, nos quedan los paraísos sintéticos y virtuales.
La manera de resolver el desconsuelo en la megalópolis suele transitar por el carril euforizante, y aunque es cierto que en ese sentido tampoco somos originales, lo novedoso radica en la artificialidad, en el deseo de apartarse de la naturaleza para entrar en los terrenos ocultos, desbrozados por la ciencia. Paraísos artificiales por partida doble.
Siendo el nuestro el siglo del desarraigo, la melancolía se expresa en la imagen de desamparo de Bill Murray con pantuflas y bata, escena magistral de ese himno a la soledad y la esperanza que es Lost in Translation, de Sofia Coppola; el personaje proyecta la tristeza, sentado en la cama de un hipertecnologizado hotel de Tokio, ciudad que expresa una de las tantas contradicciones culturales de nuestros tiempos.
Solos entre tantísima gente, clamamos por un poco de cariño, a la manera de Patrick Bateman, el psicópata americano que potencialmente todos llevan dentro. Niño perdido deviene en adulto irredento.
Cierro la puerta del desamparo recuperando las palabras de Wordsworth a propósito de la urbe industrial que se perfilaba en el amanecer del siglo XIX: “Entre los lugares próximos y congestionados de las ciudades, donde el corazón humano está enfermo”, ahí aletea el ángel de la melancolía.
Sin cambiar mucho de maquillaje, se ha instalado cómodamente en las urbes. Planea sobre la cabeza de las multitudes que se apelotonan en el metro, en un concierto o en un partido de fútbol.
Tras la euforia de la masa acecha la tristeza negra.
A diferencia de la angustia, donde no se sabe a dónde apuntar las baterías del miedo porque el causante es un fantasma, la melancolía nos sume en la tristeza por un exceso de lucidez: sabemos la distancia que nos separa de la felicidad.
Somos modernos Tántalos que por más que estiramos el brazo, el fruto se nos escurre con su líquida y fantasmagórica consistencia. La búsqueda de la felicidad es un asunto triste.
Nuestros días son ciclotímicos: las electrocardiografías del alma oscilan entre el optimismo de plástico y las geniales imposturas. Para enfrentar la desolación tenebrosa que planea sobre las grandes urbes, nos quedan los paraísos sintéticos y virtuales.
La manera de resolver el desconsuelo en la megalópolis suele transitar por el carril euforizante, y aunque es cierto que en ese sentido tampoco somos originales, lo novedoso radica en la artificialidad, en el deseo de apartarse de la naturaleza para entrar en los terrenos ocultos, desbrozados por la ciencia. Paraísos artificiales por partida doble.
Siendo el nuestro el siglo del desarraigo, la melancolía se expresa en la imagen de desamparo de Bill Murray con pantuflas y bata, escena magistral de ese himno a la soledad y la esperanza que es Lost in Translation, de Sofia Coppola; el personaje proyecta la tristeza, sentado en la cama de un hipertecnologizado hotel de Tokio, ciudad que expresa una de las tantas contradicciones culturales de nuestros tiempos.
Solos entre tantísima gente, clamamos por un poco de cariño, a la manera de Patrick Bateman, el psicópata americano que potencialmente todos llevan dentro. Niño perdido deviene en adulto irredento.
Cierro la puerta del desamparo recuperando las palabras de Wordsworth a propósito de la urbe industrial que se perfilaba en el amanecer del siglo XIX: “Entre los lugares próximos y congestionados de las ciudades, donde el corazón humano está enfermo”, ahí aletea el ángel de la melancolía.
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