El siglo XXI se inauguró dramáticamente el martes 11 de septiembre de 2001.
Estupefactos, millones de televidentes acudimos al insólito espectáculo del ataque y caída de las Torres Gemelas de Nueva York. Asomados a la ventana electrónica, contemplamos el paisaje en ruinas de la superpotencia atacada en su jardín principal.
Sintomático, simbólico, casi alegórico, el derrumbe en cámara lenta del World Trade Center supuso un hachazo al corazón financiero de los Estados Unidos.
La estela de violencia que había sacudido al siglo XX, volvía con la fuerza de un espectro que amenazaba con materializarse nuevamente.
Tras medio siglo de relativa paz mundial, alterada de manera ocasional por conflictos locales, como ocurrió en Corea, Vietnam y Afganistán, el mundo no había vuelto a oír de luchas a escala global.
Por otra parte, el derrumbe del socialismo real en 1989 dejó a los Estados Unidos como la única potencia mundial y al capitalismo como el sistema económico e ideológico dominante.
El mundo parecía encaminarse a un páramo uniforme, homogenizado.
Pero aquella mañana de martes, la historia, aparentemente condenada a ser clausurada, dio un sacudón cuyos efectos aún se sienten.
Más allá de las decenas de teorías conspirativas que han surgido en torno al 11-S, el ataque a las Torres Gemelas convulsionó al mundo.
Miles han muerto desde entonces, en una nueva polarización cuyos orígenes se remontan al siglo VII, cuando el emergente Islam atacó las vetustas y frágiles posiciones del Imperio Romano de Oriente, al que literalmente arrolló y devoró.
De entonces a la fecha, islamismo y cristianismos han conocido diferentes fases de lucha y convivencia, como lo demuestra la España de los siglos VIII al XV: espacio y tiempo de tolerancia y persecución; de fraternidad y de odios exterminadores.
Las Cruzadas quizás fueron el momento de mayor enfrentamiento basados puramente en razones religiosas, aunque los intereses económicos y políticos asomaron sus narices muy pronto.
La lucha desatada entre Occidente y el Islam en el alba del siglo XXI obedece a razones geopolíticas y estratégicas de dominación de los recursos energéticos, que las tierras del Medio Oriente guardan en su interior.
La lucha de civilizaciones, enunciada por Huntington, es sólo una fachada para ocultar la ambición de las sedientas compañías petroleras de Estados Unidos y Europa occidental, que ansían beberse los hidrocarburos que yacen bajo los ardientes desiertos de Irak, Irán y Afganistán.
El 11-S también dejó constancia de los poderosos mecanismos de manipulación, que pueden ser aprovechados para justificar una guerra como la de Irak. Y aunque un sector de la población reaccionó y se sumó a las multitudinarias marchas para detener la guerra, lo cierto es que la pasividad ha acabado por imponerse.
Pero además, el ataque supuso el desencadenamiento de la histeria en la sociedad estadounidense, atizada por la violencia amarillista de medios como Fox o USA Today. A los pasivos del 11-S hay que agregar el exacerbamiento de la xonofobia, en un país de por sí racista.
Sin embargo, la lección más permanente tiene que ver con la reactivación de la historia, entendida como un devenir inagotable, que transforma el espíritu humano, aunque de alguna manera le dio la razón a Clausewitz, quien veía en la guerra a la dínamo de la historia, al anclarse en una continuación de la política.
La historia ha resucitado, así sea para mal.
viernes, 11 de septiembre de 2009
martes, 18 de agosto de 2009
Taller de Literatura
Antecedentes
La literatura es la forma verbal del arte. Como tal, implica un proceso creativo peculiar, que pone en marcha una serie de mecanismos que incluyen a la imaginación, la memoria, la evocación y la simbolización.
La literatura en sus diferentes géneros aspira a construir enunciados que signifiquen algo más de lo que dicen. Los escritores asumen una postura crítica ante la vida, que por otra parte es su principal fuente de alimentación, en tanto que en un texto literario es un compendio de sentimientos, sensaciones, emociones y valores humanos.
Un escritor suele vaciar en su obra no sólo su experiencia vital, sino la de aquellos que lo rodean, aunque también acostumbra acudir a su bagaje cultural para diseñar sus propuestas creativas.
En esta línea, un taller de literatura invita a sus integrantes a mirarse a sí mismos para obtener un cúmulo de vivencias que pudieran convertirse en temas literarios, pero también los incita a acercarse a los libros no sólo como una inspiración, sino como un modelo a seguir. Un taller de literatura suele formar a lectores atentos, profesionales en su ejercicio lectivo.
Objetivo
Los participantes en el Taller de Literatura realizarán una serie de lecturas, que les permitan conocer los cánones del arte verbal, que a su vez les facilitará el ejercicio creativo de la palabra escrita.
Asimismo, acudirán a su experiencia personal, como una herramienta de conocimiento vivencial que les permitirá acercarse al drama de la existencia humana.
El taller privilegiará a las obras y a los escritores del ámbito iberoamericano, incluyendo a autores regionales y locales, cuyas obras sean significativas o representen un hito en el arte verbal.
Metas
Al concluir el Taller, los participantes habrán redactado una serie de textos literarios, en los que expresarán su particular visión en torno al arte verbal.
Mecanismo de trabajo
Los asistentes al Taller de Literatura realizarán un conjunto de lecturas, a partir de las cuales advertirán las diferentes técnicas de escritura, en los distintos géneros que forman parte del arte verbal. La variedad de mecanismos les permitirá tener una panorámica sobre la creación literaria, con miras a la producción de sus propios textos. De esta manera, las sesiones se dividirán en dos partes:
a) Lectura y comentario de un texto escrito por algún autor que goce de reconocimiento.
b) Presentación, análisis y corrección de textos presentados por los asistentes al Taller.
Se propone la realización de dos sesiones a la semana, con cuatro horas de
duración en total, con la intención de iniciar a quienes tengan un interés en la creación literaria.
La literatura es la forma verbal del arte. Como tal, implica un proceso creativo peculiar, que pone en marcha una serie de mecanismos que incluyen a la imaginación, la memoria, la evocación y la simbolización.
La literatura en sus diferentes géneros aspira a construir enunciados que signifiquen algo más de lo que dicen. Los escritores asumen una postura crítica ante la vida, que por otra parte es su principal fuente de alimentación, en tanto que en un texto literario es un compendio de sentimientos, sensaciones, emociones y valores humanos.
Un escritor suele vaciar en su obra no sólo su experiencia vital, sino la de aquellos que lo rodean, aunque también acostumbra acudir a su bagaje cultural para diseñar sus propuestas creativas.
En esta línea, un taller de literatura invita a sus integrantes a mirarse a sí mismos para obtener un cúmulo de vivencias que pudieran convertirse en temas literarios, pero también los incita a acercarse a los libros no sólo como una inspiración, sino como un modelo a seguir. Un taller de literatura suele formar a lectores atentos, profesionales en su ejercicio lectivo.
Objetivo
Los participantes en el Taller de Literatura realizarán una serie de lecturas, que les permitan conocer los cánones del arte verbal, que a su vez les facilitará el ejercicio creativo de la palabra escrita.
Asimismo, acudirán a su experiencia personal, como una herramienta de conocimiento vivencial que les permitirá acercarse al drama de la existencia humana.
El taller privilegiará a las obras y a los escritores del ámbito iberoamericano, incluyendo a autores regionales y locales, cuyas obras sean significativas o representen un hito en el arte verbal.
Metas
Al concluir el Taller, los participantes habrán redactado una serie de textos literarios, en los que expresarán su particular visión en torno al arte verbal.
Mecanismo de trabajo
Los asistentes al Taller de Literatura realizarán un conjunto de lecturas, a partir de las cuales advertirán las diferentes técnicas de escritura, en los distintos géneros que forman parte del arte verbal. La variedad de mecanismos les permitirá tener una panorámica sobre la creación literaria, con miras a la producción de sus propios textos. De esta manera, las sesiones se dividirán en dos partes:
a) Lectura y comentario de un texto escrito por algún autor que goce de reconocimiento.
b) Presentación, análisis y corrección de textos presentados por los asistentes al Taller.
Se propone la realización de dos sesiones a la semana, con cuatro horas de
duración en total, con la intención de iniciar a quienes tengan un interés en la creación literaria.
martes, 11 de agosto de 2009
Hiroshima
“Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia”, escribió Bob Caron tiempo después de que su avión, el Enola Gay, soltara una bomba atómica sobre Hiroshima.
Eras las 8 y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945.
Caron era el fotógrafo y artillero del aparato que habría de pasar a la historia universal del horror. Él fue el primer testigo presencial de los efectos que podía causar el artefacto diseñado por el Proyecto Manhattan.
Su relato asusta por la precisión quirúrgica, no exenta de cierta emoción.
“Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso”, refirió el soldado estadounidense.
Aquella misión le abriría las puertas a un miedo universal. La destrucción absoluta se materializaba en forma de furiosos átomos de uranio, que desgarraban, derribaban, reducían a escombros.
El hongo nuclear encarnó la fusión de todas nuestras pesadillas.
Los despojos humanos que sobrevivieron a las llamas y a la onda expansiva se convirtieron en símbolo descarnado de una época marcada por la barbarie tecnificada.
La bomba de Hiroshima significó la supremacía del mal por encima de las fuerzas creadoras; la radioactividad se convirtió en el símbolo de la desesperanza y no en el de una matriz dadora de vida.
Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron el corolario de una tendencia con siglos de acelerada evolución. Los miles de muertos que dejaron artefactos relativamente pequeños han sembrado la zozobra durante décadas.
Por años, un fantasma recorrió el mundo: el fantasma de la guerra nuclear. El antagonismo entre Estados Unidos y la Unión Soviética puso al planeta al borde de la aniquilación total en más de una ocasión.
Sin embargo, la desaparición del bloque comunista no significó el fin del miedo. Los halcones de la guerra no se han cansado de inventar conflictos y de alimentar la discordia, encadenando al mundo.
Esa mañana de agosto, se inauguró la Era Atómica, marcada por el horror y el delirio; la muerte y el absurdo.
Aún seguimos en ella.
Eras las 8 y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945.
Caron era el fotógrafo y artillero del aparato que habría de pasar a la historia universal del horror. Él fue el primer testigo presencial de los efectos que podía causar el artefacto diseñado por el Proyecto Manhattan.
Su relato asusta por la precisión quirúrgica, no exenta de cierta emoción.
“Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso”, refirió el soldado estadounidense.
Aquella misión le abriría las puertas a un miedo universal. La destrucción absoluta se materializaba en forma de furiosos átomos de uranio, que desgarraban, derribaban, reducían a escombros.
El hongo nuclear encarnó la fusión de todas nuestras pesadillas.
Los despojos humanos que sobrevivieron a las llamas y a la onda expansiva se convirtieron en símbolo descarnado de una época marcada por la barbarie tecnificada.
La bomba de Hiroshima significó la supremacía del mal por encima de las fuerzas creadoras; la radioactividad se convirtió en el símbolo de la desesperanza y no en el de una matriz dadora de vida.
Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron el corolario de una tendencia con siglos de acelerada evolución. Los miles de muertos que dejaron artefactos relativamente pequeños han sembrado la zozobra durante décadas.
Por años, un fantasma recorrió el mundo: el fantasma de la guerra nuclear. El antagonismo entre Estados Unidos y la Unión Soviética puso al planeta al borde de la aniquilación total en más de una ocasión.
Sin embargo, la desaparición del bloque comunista no significó el fin del miedo. Los halcones de la guerra no se han cansado de inventar conflictos y de alimentar la discordia, encadenando al mundo.
Esa mañana de agosto, se inauguró la Era Atómica, marcada por el horror y el delirio; la muerte y el absurdo.
Aún seguimos en ella.
domingo, 19 de julio de 2009
Deep deep blue
La melancolía, o bilis negra, como se llamó a este estado del alma en la Antigüedad, no se ha ido. Se mantiene aquí, a nuestro lado, batiendo el aire con sus alas grises, como aquel ángel de Durero.
Sin cambiar mucho de maquillaje, se ha instalado cómodamente en las urbes. Planea sobre la cabeza de las multitudes que se apelotonan en el metro, en un concierto o en un partido de fútbol.
Tras la euforia de la masa acecha la tristeza negra.
A diferencia de la angustia, donde no se sabe a dónde apuntar las baterías del miedo porque el causante es un fantasma, la melancolía nos sume en la tristeza por un exceso de lucidez: sabemos la distancia que nos separa de la felicidad.
Somos modernos Tántalos que por más que estiramos el brazo, el fruto se nos escurre con su líquida y fantasmagórica consistencia. La búsqueda de la felicidad es un asunto triste.
Nuestros días son ciclotímicos: las electrocardiografías del alma oscilan entre el optimismo de plástico y las geniales imposturas. Para enfrentar la desolación tenebrosa que planea sobre las grandes urbes, nos quedan los paraísos sintéticos y virtuales.
La manera de resolver el desconsuelo en la megalópolis suele transitar por el carril euforizante, y aunque es cierto que en ese sentido tampoco somos originales, lo novedoso radica en la artificialidad, en el deseo de apartarse de la naturaleza para entrar en los terrenos ocultos, desbrozados por la ciencia. Paraísos artificiales por partida doble.
Siendo el nuestro el siglo del desarraigo, la melancolía se expresa en la imagen de desamparo de Bill Murray con pantuflas y bata, escena magistral de ese himno a la soledad y la esperanza que es Lost in Translation, de Sofia Coppola; el personaje proyecta la tristeza, sentado en la cama de un hipertecnologizado hotel de Tokio, ciudad que expresa una de las tantas contradicciones culturales de nuestros tiempos.
Solos entre tantísima gente, clamamos por un poco de cariño, a la manera de Patrick Bateman, el psicópata americano que potencialmente todos llevan dentro. Niño perdido deviene en adulto irredento.
Cierro la puerta del desamparo recuperando las palabras de Wordsworth a propósito de la urbe industrial que se perfilaba en el amanecer del siglo XIX: “Entre los lugares próximos y congestionados de las ciudades, donde el corazón humano está enfermo”, ahí aletea el ángel de la melancolía.
Sin cambiar mucho de maquillaje, se ha instalado cómodamente en las urbes. Planea sobre la cabeza de las multitudes que se apelotonan en el metro, en un concierto o en un partido de fútbol.
Tras la euforia de la masa acecha la tristeza negra.
A diferencia de la angustia, donde no se sabe a dónde apuntar las baterías del miedo porque el causante es un fantasma, la melancolía nos sume en la tristeza por un exceso de lucidez: sabemos la distancia que nos separa de la felicidad.
Somos modernos Tántalos que por más que estiramos el brazo, el fruto se nos escurre con su líquida y fantasmagórica consistencia. La búsqueda de la felicidad es un asunto triste.
Nuestros días son ciclotímicos: las electrocardiografías del alma oscilan entre el optimismo de plástico y las geniales imposturas. Para enfrentar la desolación tenebrosa que planea sobre las grandes urbes, nos quedan los paraísos sintéticos y virtuales.
La manera de resolver el desconsuelo en la megalópolis suele transitar por el carril euforizante, y aunque es cierto que en ese sentido tampoco somos originales, lo novedoso radica en la artificialidad, en el deseo de apartarse de la naturaleza para entrar en los terrenos ocultos, desbrozados por la ciencia. Paraísos artificiales por partida doble.
Siendo el nuestro el siglo del desarraigo, la melancolía se expresa en la imagen de desamparo de Bill Murray con pantuflas y bata, escena magistral de ese himno a la soledad y la esperanza que es Lost in Translation, de Sofia Coppola; el personaje proyecta la tristeza, sentado en la cama de un hipertecnologizado hotel de Tokio, ciudad que expresa una de las tantas contradicciones culturales de nuestros tiempos.
Solos entre tantísima gente, clamamos por un poco de cariño, a la manera de Patrick Bateman, el psicópata americano que potencialmente todos llevan dentro. Niño perdido deviene en adulto irredento.
Cierro la puerta del desamparo recuperando las palabras de Wordsworth a propósito de la urbe industrial que se perfilaba en el amanecer del siglo XIX: “Entre los lugares próximos y congestionados de las ciudades, donde el corazón humano está enfermo”, ahí aletea el ángel de la melancolía.
jueves, 9 de julio de 2009
El Síndrome de Peter Pan
Todos hemos oído la historia de Peter Pan, el niño que no podía crecer. Así, atrapado perpetuamente en la infancia, se entregaba a un sinfín de aventuras.
Algo similar ocurre en la actualidad. El mundo se hace más pequeño, o se resiste a crecer. De la miniaturización al Síndrome de Peter Pan sólo hay una nanopartícula.
El acortamiento de palabras en el chat es otro rostro de esta tendencia económica a reducir, a mantener en estado mínimo. Ya lo dijo un clásico: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Así que para rendirle homenaje a la cita citable, esta colaboración ahorrará palabras, pero no perderá sentido.
Ahora que la economía se ha vuelto una palabra de uso común, démosle una buena aplicación. Economicemos, ahorremos, acortemos. Dejemos que tomen el poder los niños de 40 años, esos que se ahorraron una etapa de la vida: la madurez, y así tienen al mundo: uno de juguete, que se niega sistemáticamente a crecer.
Nadie puede negar que hay una tendencia global a mantenernos aferrados a nuestra infancia o, cuando mucho, a la pubertad. Y no sólo por los gestos exteriores, como la locura desatada por los gadgets (del iPod, a las notebooks, pasando por las consolas PSP o los celulares ultra slim: todo lo que sirva para jugar, para divertirse, para pasar el rato); no, más allá de eso, Peter Pan ha impuesto su fobia a la madurez: el mundo es gobernado por la primera generación de niños cuarentones. Y para muestra basta nuestro minipresidente.
Y es que la tendencia a la miniaturización habla de una obsesión por los mundos de juguete. Quizás así creamos que tenemos al mundo bajo nuestro control; tal vez se trate de nuestro afán de abarcarlo todo con una mirada. Probablemente de esa manera podamos considerarnos como un pequeño dios, malcriado y berrinchudo, que puede disponer a su antojo de todo lo que tiene a sus pies.
Un Dios-Niño aterrorizado por la posibilidad de crecer y de asumir responsabilidades. Porque ahora lo único que importa es el juego, pasarla bien, hacer del trabajo una diversión y reducirlo todo a sus mínimos componentes. Todo pequeño, todo reducido, todo acortado.
El juego y los juguetes han dejado de ser exclusivos de los niños, para ser utilizados por un número cada vez mayor de adultos que se niegan a aceptar su edad.
Así, en los centros comerciales y en tiendas exclusivas encontramos juguetes para adultos, no sólo eróticos, sino muñequitos de edición limitada para coleccionistas, que muchas de las veces nunca salen de la caja donde vienen empacados (lo que hace recordar a Pete el Apestoso, aquel juguete que aparece en Toy Story 2 y que nunca fue manejado por un niño).
De igual manera, se producen caricaturas para adultos, como Padre de familia, South Park o American Dad, cuya temática es básicamente para los “grandes” del hogar. A esto se suman cómics diseñados exclusivamente para adultos, como ocurre con Sin City, la saga creada por Frank Miller.
A darle al juego.
Algo similar ocurre en la actualidad. El mundo se hace más pequeño, o se resiste a crecer. De la miniaturización al Síndrome de Peter Pan sólo hay una nanopartícula.
El acortamiento de palabras en el chat es otro rostro de esta tendencia económica a reducir, a mantener en estado mínimo. Ya lo dijo un clásico: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Así que para rendirle homenaje a la cita citable, esta colaboración ahorrará palabras, pero no perderá sentido.
Ahora que la economía se ha vuelto una palabra de uso común, démosle una buena aplicación. Economicemos, ahorremos, acortemos. Dejemos que tomen el poder los niños de 40 años, esos que se ahorraron una etapa de la vida: la madurez, y así tienen al mundo: uno de juguete, que se niega sistemáticamente a crecer.
Nadie puede negar que hay una tendencia global a mantenernos aferrados a nuestra infancia o, cuando mucho, a la pubertad. Y no sólo por los gestos exteriores, como la locura desatada por los gadgets (del iPod, a las notebooks, pasando por las consolas PSP o los celulares ultra slim: todo lo que sirva para jugar, para divertirse, para pasar el rato); no, más allá de eso, Peter Pan ha impuesto su fobia a la madurez: el mundo es gobernado por la primera generación de niños cuarentones. Y para muestra basta nuestro minipresidente.
Y es que la tendencia a la miniaturización habla de una obsesión por los mundos de juguete. Quizás así creamos que tenemos al mundo bajo nuestro control; tal vez se trate de nuestro afán de abarcarlo todo con una mirada. Probablemente de esa manera podamos considerarnos como un pequeño dios, malcriado y berrinchudo, que puede disponer a su antojo de todo lo que tiene a sus pies.
Un Dios-Niño aterrorizado por la posibilidad de crecer y de asumir responsabilidades. Porque ahora lo único que importa es el juego, pasarla bien, hacer del trabajo una diversión y reducirlo todo a sus mínimos componentes. Todo pequeño, todo reducido, todo acortado.
El juego y los juguetes han dejado de ser exclusivos de los niños, para ser utilizados por un número cada vez mayor de adultos que se niegan a aceptar su edad.
Así, en los centros comerciales y en tiendas exclusivas encontramos juguetes para adultos, no sólo eróticos, sino muñequitos de edición limitada para coleccionistas, que muchas de las veces nunca salen de la caja donde vienen empacados (lo que hace recordar a Pete el Apestoso, aquel juguete que aparece en Toy Story 2 y que nunca fue manejado por un niño).
De igual manera, se producen caricaturas para adultos, como Padre de familia, South Park o American Dad, cuya temática es básicamente para los “grandes” del hogar. A esto se suman cómics diseñados exclusivamente para adultos, como ocurre con Sin City, la saga creada por Frank Miller.
A darle al juego.
martes, 7 de julio de 2009
70 años de José Emilio Pacheco
José Emilio Pacheco es un delicado equilibrista de las palabras. Su vertiente poética se mantiene entre la pirotecnia verbal y la profundidad conceptual, entre la fascinación por la palabra y la contundencia de la sabiduría.
Nadie puede negar que la gran literatura, aquella que está llamada a trascender la fugaz inestabilidad del tiempo, es una lección de vida, una enseñanza que es fruto de una profunda reflexión sobre los avatares de la cotidianidad.
José Emilio Pacheco pertenece a una estirpe de escritores filósofos.
Y aunque su curiosidad literaria lo ha llevado a incursionar en varios géneros, es en la poesía donde ha rozado la perfección, y en la que aún se mantiene en activo.
El espectro poético de Pacheco es muy amplio. En sus libros pueden encontrarse formas clásicas, que no sólo respetan las normas de métrica y rima, sino también el constante ritmo, aquel que nos ha sido heredado desde los tiempos de Homero y Hesíodo.
A estos preciosismos formales, José Emilio ha agregado una intensidad lírica que muy pocos poetas españoamericanos han alcanzado, aunque también ha practicado el verso libre y el poema en prosa.
En cuanto a sus temas, atención aparte merece su peculiar zoología. Entre sus versos han volado mosquitos, rugido leones, nadado peces y muerto chanchos que se despiden de la vida entre chillidos de reproche.
Por supuesto también ha habido lugar para el amor, y en particular muchas palabras para homenajear con voz de piedra a la poliédrica ciudad de México, objeto de odios y de amores.
Hay también en sus versos una legión de poetas, como Jorge Manrique, Sor Juana Inés de la Cruz y Ramón López Velarde, con quienes se siente identificado, hermanos suyos en el gozoso infortunio de la palabra.
Esta fijación por la historia le da a su obra una profunda dimensión humana, con cierto toque nostálgico por un pasado que a veces se antoja mejor que el presente.
Y es que todo cabe en un poema sabiéndolo decir. Es una celebración de la palabra que cristaliza las ideas; las vuelve inteligibles, las materializa. No olvidemos que la poesía es una forma de conocimiento, que José Emilio Pacheco, en muchos de sus 70 años de vida, ha sabido cultivar.
Nadie puede negar que la gran literatura, aquella que está llamada a trascender la fugaz inestabilidad del tiempo, es una lección de vida, una enseñanza que es fruto de una profunda reflexión sobre los avatares de la cotidianidad.
José Emilio Pacheco pertenece a una estirpe de escritores filósofos.
Y aunque su curiosidad literaria lo ha llevado a incursionar en varios géneros, es en la poesía donde ha rozado la perfección, y en la que aún se mantiene en activo.
El espectro poético de Pacheco es muy amplio. En sus libros pueden encontrarse formas clásicas, que no sólo respetan las normas de métrica y rima, sino también el constante ritmo, aquel que nos ha sido heredado desde los tiempos de Homero y Hesíodo.
A estos preciosismos formales, José Emilio ha agregado una intensidad lírica que muy pocos poetas españoamericanos han alcanzado, aunque también ha practicado el verso libre y el poema en prosa.
En cuanto a sus temas, atención aparte merece su peculiar zoología. Entre sus versos han volado mosquitos, rugido leones, nadado peces y muerto chanchos que se despiden de la vida entre chillidos de reproche.
Por supuesto también ha habido lugar para el amor, y en particular muchas palabras para homenajear con voz de piedra a la poliédrica ciudad de México, objeto de odios y de amores.
Hay también en sus versos una legión de poetas, como Jorge Manrique, Sor Juana Inés de la Cruz y Ramón López Velarde, con quienes se siente identificado, hermanos suyos en el gozoso infortunio de la palabra.
Esta fijación por la historia le da a su obra una profunda dimensión humana, con cierto toque nostálgico por un pasado que a veces se antoja mejor que el presente.
Y es que todo cabe en un poema sabiéndolo decir. Es una celebración de la palabra que cristaliza las ideas; las vuelve inteligibles, las materializa. No olvidemos que la poesía es una forma de conocimiento, que José Emilio Pacheco, en muchos de sus 70 años de vida, ha sabido cultivar.
viernes, 3 de julio de 2009
Ciertas mañanas
Leve
casi etérea,
apenas desplaza aire.
La luminosa espada de su silueta
se mueve,
de aquí
a
la cocina.
Flota.
Ángel
(no doméstico)
que camina
–casi no, realmente–
Imposible dejar de verla.
Vengo a aquí.
Gravito como una estrella moribunda
despeñándose
en caída libre
atrapado por la galaxia oscura de su cabellera
cascada celestial
que ella recoge y anuda en un rizo sideral,
de nebulosa, de estrella en formación.
De mañana en mañana
vengo hasta esta misma silla
–yo sí domestico: domesticado–
sólo para verla por unos minutos
–para escucharla: metálica, matinal–
Decir delicada es no hacer justicia a su verdadera naturaleza,
toda ella aire, aliento, bocanada.
Aaaaaaaaaaaaaaaaah.
Protegida por su aura.
Invisible escudo: tan ligero y resistente
(Me asusta, lobo yo rendido al cordero)
Camina de aquí a allá.
Sorteando olores,
moviéndose,
en una tersa y delicada estridencia
de metales y plásticos de cocina.
Ajena para siempre
parlotea,
discreta,
entre el barro y el peltre;
entre el acero y el plástico.
No la veo: sí la oigo.
¿Qué hace mientras se eclipsa de mi mirada: cruel pared?
Mientras se guarece entre la batería y el chorro de agua
–seguirá levitando–
Misterio.
Ahí está: leve, levísima. De vuelta. Con su mandil azul. Toda ella un hálito transparente: lleno de luz, traspasado por ella (estoy.) (Todo mundo sabe lo que soy: se me nota en la mirada turbia y franca). El metal (agudo) de su voz se desparrama, chisporrotea: libera luz, oxígeno; llena de vida la sincera cocina. Ángel pretérito y futuro. Tengo que huir, para oírme.
casi etérea,
apenas desplaza aire.
La luminosa espada de su silueta
se mueve,
de aquí
a
la cocina.
Flota.
Ángel
(no doméstico)
que camina
–casi no, realmente–
Imposible dejar de verla.
Vengo a aquí.
Gravito como una estrella moribunda
despeñándose
en caída libre
atrapado por la galaxia oscura de su cabellera
cascada celestial
que ella recoge y anuda en un rizo sideral,
de nebulosa, de estrella en formación.
De mañana en mañana
vengo hasta esta misma silla
–yo sí domestico: domesticado–
sólo para verla por unos minutos
–para escucharla: metálica, matinal–
Decir delicada es no hacer justicia a su verdadera naturaleza,
toda ella aire, aliento, bocanada.
Aaaaaaaaaaaaaaaaah.
Protegida por su aura.
Invisible escudo: tan ligero y resistente
(Me asusta, lobo yo rendido al cordero)
Camina de aquí a allá.
Sorteando olores,
moviéndose,
en una tersa y delicada estridencia
de metales y plásticos de cocina.
Ajena para siempre
parlotea,
discreta,
entre el barro y el peltre;
entre el acero y el plástico.
No la veo: sí la oigo.
¿Qué hace mientras se eclipsa de mi mirada: cruel pared?
Mientras se guarece entre la batería y el chorro de agua
–seguirá levitando–
Misterio.
Ahí está: leve, levísima. De vuelta. Con su mandil azul. Toda ella un hálito transparente: lleno de luz, traspasado por ella (estoy.) (Todo mundo sabe lo que soy: se me nota en la mirada turbia y franca). El metal (agudo) de su voz se desparrama, chisporrotea: libera luz, oxígeno; llena de vida la sincera cocina. Ángel pretérito y futuro. Tengo que huir, para oírme.
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