Crisis. Las últimas dos generaciones de mexicanos hemos escuchado una y otra vez esta palabra: crisis.
Tras la debacle económica ocurrida en la recta final del sexenio de José López Portillo, el país no ha levantado la cabeza.
Ni siquiera el espejismo del salinato, con su maquillaje de cifras oficiales, fue capaz de sacar de la pobreza a millones de personas.
Ahora, en apenas tres años de la administración de Felipe Calderón, el número oficial de pobres se ha incrementado en al menos seis millones de mexicanos. Una cifra más que deberá agregarse al largo saldo negativo del presidente del empleo.
Ahí, en esa lista, están los 15 mil muertos de la guerra contra el crimen organizado. Tan sólo en 2009 hubo 7 mil 300 bajas, entre supuestos narcos, militares y población civil. Un muerto cada hora.
Simplemente espeluznante. Ni los conflictos en Afganistán y en Pakistán han tenido tantas muertes, a pesar de sus continuos bombazos y de los ataques de las milicias islamistas.
Aquí la sangre fluye lentamente, a un ritmo marcado, sostenido; es un goteo que de rato en rato abre el grifo de la espectacularidad, para ofrecernos combates en toda regla, con granadas y armas de alto poder. “Cuerno de chivo” es una palabra que ha echado raíces en el imaginario colectivo desde hace muchos años. Y definitivamente llegó para quedarse.
En esa lista de la muerte, hay que agregar a los cuatro familiares del tercer maestre de las fuerzas especiales de la Marina de México, Melquisedec Angulo Córdova, el marino fallecido en el operativo aplicado para atrapar a Arturo Beltrán Leyva, el auténtico Jefe de jefes.
¿Por qué resaltar solamente esos nombres? Pues muy sencillo: esos son los muertos del presidente Calderón, quien al intentar rendir homenaje al soldado abatido, cometió la estupidez de dar referencias del caído.
Sólo fue cuestión de horas para que un comando de sicarios cayera en la casa de la madre de Melquisedec Angulo, en el ejido Quintín Arauz, de Tabasco, para cobrar una mínima venganza.
Gracias, señor presidente, a ver cuándo nos presta a alguno de sus centenares de guardias presidenciales.
Tras una segunda bonanza de altos precios por el barril de petróleo, que nuevamente no fue aprovechada, nos enfilamos hacia una nueva etapa de estancamiento.
Como ocurrió en los años ochenta, el despilfarro y la corrupción han desvalijado al país.
El mejor ejemplo de este binomio se ha dado en Pemex. Desde la cirugía estética de la esposa de Raúl Muñoz Leos, quien fue director general de la paraestatal, hasta los 7 mil 800 millones de pesos entregados al sindicato petrolero encabezado por Carlos Romero Deschamps, Pemex ha servido como caja chica a todas las administraciones federales.
Según un propio reporte interno de la compañía, la corrupción le provoca un boquete de mil millones de pesos al año. Una bicoca.
Anclado e hipotecado el futuro del país a las reservas petroleras, tras la caída en picada de los precios ocurrida hace un par de años, padecimos un auténtico déjà vu. Esto ya lo vivimos y nadie hizo nada para impedirlo.
Para salir a flote, la única respuesta del gobierno federal, en complicidad con el PRI, fue la subida generalizada de precios. 1% por ciento al IVA, 3% a las telecomunicaciones, el ISR pasará de 28 a 30%, además de un par de gasolinazos decembrinos, aplicados en medio de las fiestas y que tendrán un necesario impacto inflacionario.
En definitiva, nos espera otro año de crisis, un año que se irá a la basura.
lunes, 4 de enero de 2010
domingo, 3 de enero de 2010
Biología de la muerte
“Piensa constantemente en la muerte para no temerla”, nos recomienda Séneca en su obra De la brevedad de la vida. De estirpe genuinamente estoica, este escritor romano veía en la muerte un refugio en el cual descansaría de las vicisitudes de la vida.
Un auténtico (y necesario) placer tematizado para enfrentar el horror de la desaparición física, de la finitud arrastrada desde el primer llanto con que nos asomamos al mundo.
La muerte es un instante incierto, semejante a la penumbra. En términos biológicos, implica interrumpir la nutrición celular, lo que acarrea el colapso de todos los sistemas del organismo.
Lo emocionante es que en los seres más complejos, como los humanos, la muerte viene programada genéticamente. En otras palabras, nuestras células portan un gen “suicida”, fijando así la duración de su existencia.
Una vez terminada la actividad eléctrico-química del cerebro se puede hablar de muerte, aunque determinar ese fin no siempre es preciso. Los sistemas circulatorios del cerebro y de la médula espinal son independientes y la circulación de la aorta alcanza a irrigar la médula aunque el cerebro esté en estado de anoxia.
La certeza de la muerte llega con la putrefacción. Se alcanza así la oscuridad plena, absoluta. Aquí el plano biológico se empareja con el antropológico. Qué hacer con el cadáver ha sido un dilema para la psique humana.
Ya desde hace cien mil años los neandertales mostraban un tenue sentido de la mortalidad al enterrar a sus muertos. De entonces a la fecha el funeral se ha vuelto más complejo, hasta llegar a la banalidad.
Con la muerte y los ritos vinculados con el manejo del cadáver inicia nuestro retorno a la madre Tierra, convertida en el momento de la muerte en una paradójica mortaja nutricia: descompone la vida para mantener el ciclo, círculo imposible de romper.
Sea con el enterramiento, la cremación o la simple putrefacción al aire libre, la naturaleza se encarga del proceso físico y químico de reintegración de elementos esenciales.
La carne se vuelve polvo, olvido, nada, y la conciencia se reduce a la memoria de los demás.
Entonces comienza a latir el recuerdo de los fantasmas ancestrales.
Un auténtico (y necesario) placer tematizado para enfrentar el horror de la desaparición física, de la finitud arrastrada desde el primer llanto con que nos asomamos al mundo.
La muerte es un instante incierto, semejante a la penumbra. En términos biológicos, implica interrumpir la nutrición celular, lo que acarrea el colapso de todos los sistemas del organismo.
Lo emocionante es que en los seres más complejos, como los humanos, la muerte viene programada genéticamente. En otras palabras, nuestras células portan un gen “suicida”, fijando así la duración de su existencia.
Una vez terminada la actividad eléctrico-química del cerebro se puede hablar de muerte, aunque determinar ese fin no siempre es preciso. Los sistemas circulatorios del cerebro y de la médula espinal son independientes y la circulación de la aorta alcanza a irrigar la médula aunque el cerebro esté en estado de anoxia.
La certeza de la muerte llega con la putrefacción. Se alcanza así la oscuridad plena, absoluta. Aquí el plano biológico se empareja con el antropológico. Qué hacer con el cadáver ha sido un dilema para la psique humana.
Ya desde hace cien mil años los neandertales mostraban un tenue sentido de la mortalidad al enterrar a sus muertos. De entonces a la fecha el funeral se ha vuelto más complejo, hasta llegar a la banalidad.
Con la muerte y los ritos vinculados con el manejo del cadáver inicia nuestro retorno a la madre Tierra, convertida en el momento de la muerte en una paradójica mortaja nutricia: descompone la vida para mantener el ciclo, círculo imposible de romper.
Sea con el enterramiento, la cremación o la simple putrefacción al aire libre, la naturaleza se encarga del proceso físico y químico de reintegración de elementos esenciales.
La carne se vuelve polvo, olvido, nada, y la conciencia se reduce a la memoria de los demás.
Entonces comienza a latir el recuerdo de los fantasmas ancestrales.
sábado, 2 de enero de 2010
Otoño con supernova de fondo
Y entonces llega el otoño
Con su sol cansado
Esa luz que apenas ilumina, que no calienta, que se queda en una simple anécdota, un susurro, un rasguño.
En otoño, el sol apenas balbucea unas cuantas líneas de luz.
Se mueve paquidérmico sobre nuestras cabezas. Bosteza. Se estira. Arquea el lomo y se va a dormir temprano.
Quizás se ve algo aburrido, con su alma de hidrógeno que cada alquimista segundo trasmuta en dos átomos de helio.
Porque un día, el buen sol se hartará de todo.
Y dejará de respirar y se hinchará con todo ese helio que ahora mismo le crece como un cáncer estelar.
Y se convertirá en una estrella obesa y glotona, que se zampará de un bocado a Mercurio, esa roquita sedienta que gira como una loca pirinola, en la newtoniana danza constante del universo.
Y luego engullirá a Venus, nuestro invernadero sideral.
Pero para entonces, el Sol será un inmenso lunar rojo, que ya no cabrá en su faja fotónica y hará ¡pum!, escupiendo toda esa materia condesada.
Y así, una mañana, bajo un cielo que ya no será azul, sino quizás rosado o tal vez un poco más del cromo de la sangre, barrerá con lo que quede de la Tierra, nuestro prestado trozo esférico de hierro y níquel y silicio, que para entonces seguro sólo será un páramo; tal vez aquí y allá sobreviva una bacteria, un hongo patógeno aburrido de no matar a nadie.
Y lo que quede de vida se irá.
Y ya no habrá otoños como los de ahora, que dan ganas de saltar por la ventana o de arrojarse a las vías del tren (con perdón de Tolstoi).
Porque este sol ladino, que pega de costado, como dorado peón, que casi naufraga al medio día, con su luz tísica, es un sol para sentarse a llorar, para morderse los puños, porque nada pasa con él.
Se queda ahí parado, mirándonos con sus ojos de viejo, mientras nuestro planetita gira y gira.
Y no se pueden evitar las lágrimas, porque es un sol triste, que amenaza con abandonarlo todo, con dejarnos a oscuras, o peor aún, con taparse la nariz y dejar de respirar, como niño haciendo una rabieta, hasta que se ponga rojo, morado y estalle para florecer como una hermosa supernova, que se alcance a ver a millones de años luz, con su vestido de furiosos neutrones y sus cabellos de electrones erizados, una melena estelar que agitará descargas de rayos gamma, equis y demás sinfonías invisibles a nuestros limitados ojos de supuestos homo sapiens.
Y así hasta llegar a lo que quede de la Tierra
Tan poblado de fantasmas.
Con su sol cansado
Esa luz que apenas ilumina, que no calienta, que se queda en una simple anécdota, un susurro, un rasguño.
En otoño, el sol apenas balbucea unas cuantas líneas de luz.
Se mueve paquidérmico sobre nuestras cabezas. Bosteza. Se estira. Arquea el lomo y se va a dormir temprano.
Quizás se ve algo aburrido, con su alma de hidrógeno que cada alquimista segundo trasmuta en dos átomos de helio.
Porque un día, el buen sol se hartará de todo.
Y dejará de respirar y se hinchará con todo ese helio que ahora mismo le crece como un cáncer estelar.
Y se convertirá en una estrella obesa y glotona, que se zampará de un bocado a Mercurio, esa roquita sedienta que gira como una loca pirinola, en la newtoniana danza constante del universo.
Y luego engullirá a Venus, nuestro invernadero sideral.
Pero para entonces, el Sol será un inmenso lunar rojo, que ya no cabrá en su faja fotónica y hará ¡pum!, escupiendo toda esa materia condesada.
Y así, una mañana, bajo un cielo que ya no será azul, sino quizás rosado o tal vez un poco más del cromo de la sangre, barrerá con lo que quede de la Tierra, nuestro prestado trozo esférico de hierro y níquel y silicio, que para entonces seguro sólo será un páramo; tal vez aquí y allá sobreviva una bacteria, un hongo patógeno aburrido de no matar a nadie.
Y lo que quede de vida se irá.
Y ya no habrá otoños como los de ahora, que dan ganas de saltar por la ventana o de arrojarse a las vías del tren (con perdón de Tolstoi).
Porque este sol ladino, que pega de costado, como dorado peón, que casi naufraga al medio día, con su luz tísica, es un sol para sentarse a llorar, para morderse los puños, porque nada pasa con él.
Se queda ahí parado, mirándonos con sus ojos de viejo, mientras nuestro planetita gira y gira.
Y no se pueden evitar las lágrimas, porque es un sol triste, que amenaza con abandonarlo todo, con dejarnos a oscuras, o peor aún, con taparse la nariz y dejar de respirar, como niño haciendo una rabieta, hasta que se ponga rojo, morado y estalle para florecer como una hermosa supernova, que se alcance a ver a millones de años luz, con su vestido de furiosos neutrones y sus cabellos de electrones erizados, una melena estelar que agitará descargas de rayos gamma, equis y demás sinfonías invisibles a nuestros limitados ojos de supuestos homo sapiens.
Y así hasta llegar a lo que quede de la Tierra
Tan poblado de fantasmas.
viernes, 1 de enero de 2010
Año equis
Nada. Sólo la nada. La terquedad de mantenerse frente al vacío que asfixia. El horror a la nada. La serpiente que se escurre entre las manos. Los dedos ciegos. El parpadeo que no cesa.
Una luz intermitente, que impide el paso de las palabras.
La persistencia, la terquedad que de nada sirve a estas alturas del sueño.
Echar el ancla. Detenerse.
El instante que se alarga, deforma al tiempo. Lo atrapa.
El río se detiene.
Inmóvil, el agua se vuelve espejo. Refleja una sombra que se escurre, se fragmenta y se rehace. Un colibrí suspenso. Un aleteo lentísimo.
¿Qué forma tiene un minuto?
La del agua que esculpe a la piedra, que la borra con su persistente blandura.
Una luz intermitente, que impide el paso de las palabras.
La persistencia, la terquedad que de nada sirve a estas alturas del sueño.
Echar el ancla. Detenerse.
El instante que se alarga, deforma al tiempo. Lo atrapa.
El río se detiene.
Inmóvil, el agua se vuelve espejo. Refleja una sombra que se escurre, se fragmenta y se rehace. Un colibrí suspenso. Un aleteo lentísimo.
¿Qué forma tiene un minuto?
La del agua que esculpe a la piedra, que la borra con su persistente blandura.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Cuando el tiempo nos alcanza
La idea del fin de los tiempos nos ha acompañado desde el amanecer de la conciencia humana. El vacío del caos y la eternidad limitan el tiempo. A la nada del principio siguió el tiempo y nuestra obsesión por medirlo, parcelarlo, enjaularlo... y ponerle fin para dar paso a una nueva fase similar a los prolegómenos del principio: la eternidad. Por supuesto esta es la visión más o menos predominante en Occidente a partir de la perspectiva judeocristiana. Pero no siempre fue así.
Uno de los patrones culturales más recurrentes es el de la división del tiempo en épocas. Mesopotámicos, griegos, hindúes y mesoamericanos creían en sucesivas y cataclísmicas épocas, cada una peor a la anterior.
El poeta griego Hesíodo habla de cuatro eras “metálicas”: de la idílica de oro, regida por Saturno, hasta la de hierro dominada por la mezquindad de los hombres, pasando por una de plata y otra de bronce. En todas ellas, la soberbia de los hombres echaba a perder la felicidad.
La historia de los cuatro soles mesoamericanos se inscribe en esta tradición, mientras el pensamiento hinduista habla de cuatro yugas, donde también se percibe un paulatino descenso moral de la humanidad.
En términos relativos, el pensamiento judeocristiano se encuentra bajo un esquema lineal del tiempo, intervenido por una entidad sobrenatural: Dios, quien inventó el tiempo y con él la historia.
La escatología puede mover a risa en nuestros hipertecnificados días. Sin embargo, hemos trasplantado nuestros terrores metafísicos a las máquinas. El Y2K fue un buen ejemplo, y las visiones apocalípticas y milenaristas han estado ahí, y ya no se limitan a la sociedad occidental-
La medida del tiempo se vincula con lo sobrenatural, y por lo tanto con la intención de trascender la realidad sensible para alcanzar planos espirituales más elevados. A esta obsesión por medir el tiempo se ha sumado una no menos frecuente por establecer correlaciones numéricas: símbolos y signos ocultos en números mágicos o místicos.
Uno de los patrones culturales más recurrentes es el de la división del tiempo en épocas. Mesopotámicos, griegos, hindúes y mesoamericanos creían en sucesivas y cataclísmicas épocas, cada una peor a la anterior.
El poeta griego Hesíodo habla de cuatro eras “metálicas”: de la idílica de oro, regida por Saturno, hasta la de hierro dominada por la mezquindad de los hombres, pasando por una de plata y otra de bronce. En todas ellas, la soberbia de los hombres echaba a perder la felicidad.
La historia de los cuatro soles mesoamericanos se inscribe en esta tradición, mientras el pensamiento hinduista habla de cuatro yugas, donde también se percibe un paulatino descenso moral de la humanidad.
En términos relativos, el pensamiento judeocristiano se encuentra bajo un esquema lineal del tiempo, intervenido por una entidad sobrenatural: Dios, quien inventó el tiempo y con él la historia.
La escatología puede mover a risa en nuestros hipertecnificados días. Sin embargo, hemos trasplantado nuestros terrores metafísicos a las máquinas. El Y2K fue un buen ejemplo, y las visiones apocalípticas y milenaristas han estado ahí, y ya no se limitan a la sociedad occidental-
La medida del tiempo se vincula con lo sobrenatural, y por lo tanto con la intención de trascender la realidad sensible para alcanzar planos espirituales más elevados. A esta obsesión por medir el tiempo se ha sumado una no menos frecuente por establecer correlaciones numéricas: símbolos y signos ocultos en números mágicos o místicos.
martes, 29 de diciembre de 2009
Fin de año, ¿fin de vida?
“El miedo, en vida; en muerte, nada”
Oído a una mujer española de Getafe
Crepúsculo
La muerte siempre es una sorpresa. Nunca he visto un cortejo fúnebre con la totalidad de la gente vestida de negro: por aquí y por allá, como una desperdigada mancha cromática, como un lunar de luz iridiscente, va la gente vestida con colores vivos y hasta chillantes (por eso me dan risa las películas mexicanas que visten de riguroso luto a los personajes cuando hay un muerto: nunca somos tan solemnes). También me da mucha risa aquel lugar común que asegura que los mexicanos nos reímos de la muerte. No hay tal. En este caso, la irreverencia es una forma velada de miedo, de temor apenas encubierto. “No te alegres de la muerte de uno;/ acuérdate que todos moriremos”, nos advierte el Eclesiastés con ese tono entre admonitorio y represor tan propio del Dios iracundo del Antiguo Testamento.
He oído a más de uno decir que no teme a la muerte, pero confiesa su miedo al dolor. Heráclito ya había anticipado la insensatez de resistirse al ineludible fin: “los necios desean la vejez por miedo a la muerte”, sentencia el Oscuro. Como todo mito, tiene un sustrato de verdad, respaldado en la visión anticipada de los dolores de la vejez y de los estertores de la agonía: el tránsito último, el postrero y cansino estirón de la vida aferrada a sus últimas gotas nos agobia si no poseemos un espíritu tallado en granito. El miedo devora a las almas, se ha sentenciado en más de una ocasión.
No es casualidad que la tasa de suicidios se dispare en la temporada decembrina, justo cuando vienen los momentos de reflexión a propósito de lo realizado a lo largo del año. Mirar hacia atrás tiene sus consecuencias funestas: es el Síndrome de Orfeo: perdemos a Eurídice, la buena vida, por ver lo que va a nuestra espalda.
El atardecer de la vida es uno de los momentos más terribles para la conciencia humana. La sensación de finitud, unida a inevitables exámenes de contrición, vuelven pavorosa la idea de la muerte. El derrumbe físico a veces queda opacado por el alud espiritual cuando se echa un poco de luz sobre nuestra biografía; la sensación de ser proyectos inacabados nos demuele; arrasa al espíritu que vive sus últimos minutos. La hora de todos tan temida patenta al instinto de conservación grabado en nuestros genes generación tras generación desde hace eones.
“Piensa constantemente en la muerte para no temerla”, nos recomienda Séneca en De la brevedad de la vida. De estirpe genuinamente estoica, este escritor romano veía en la muerte un refugio en el cual descansaría de las vicisitudes de la vida. Un auténtico (y necesario) placer tematizado para enfrentar el horror de la desaparición física, de la finitud arrastrada desde el primer vagido.
Medianoche
La muerte es un instante incierto, semejante a la penumbra. Biológicamente, es la interrupción de la nutrición celular, lo que acarrea el colapso de todos los sistemas del organismo. Lo emocionante es que en los seres más complejos, como los humanos, la muerte viene programada genéticamente. En otras palabras, nuestras células portan un gen “suicida”, fijando así la duración de su existencia. Una vez terminada la actividad eléctrico-química del cerebro se puede hablar de muerte, aunque determinar ese fin no siempre es preciso. Los sistemas circulatorios del cerebro y de la médula espinal son independientes y la circulación de la aorta alcanza a irrigar la médula aunque el cerebro esté en estado de anoxia.
Por supuesto ahora es más difícil que ocurra un enterramiento prematuro, tema predilecto de los escritores góticos del siglo XIX (“El enterrado vivo”, de John Galt es un buen y conciso ejemplo; Edgar Allan Poe lo parodió en un acidísimo artículo, aunque también ensayó una variación del tema en el cuento “El entierro prematuro”, donde relata las angustias de un cataléptico).
La certeza de la muerte llega con la putrefacción. Se alcanza así la oscuridad plena, absoluta. Aquí el plano biológico se empareja con el antropológico. Qué hacer con el cadáver ha sido un dilema para la psique humana. Ya desde hace cien mil años los neandertales mostraban un tenue sentido de la mortalidad al enterrar a sus muertos. De entonces a la fecha el funeral se ha vuelto más complejo, hasta llegar a la banalidad. Por ejemplo, en Hong Kong es posible planear hasta el más mínimo detalle; agencias funerarias ofrecen auténticos paquetes post mortem, donde se incluye desde el columbario hasta la vestimenta y los acompañantes del cortejo fúnebre, e incluso ¡celulares y tarjetas de crédito para ser incinerados junto con el cuerpo! Todo por unos tres mil euros. Nunca dejamos de causar problemas.
Con la muerte y los ritos vinculados con el manejo del cadáver inicia nuestro retorno a la madre Tierra, convertida en el momento de la muerte en una paradójica mortaja nutricia: descompone la vida para mantener el ciclo, círculo imposible de romper. Sea con el enterramiento, la cremación o la simple putrefacción al aire libre, la naturaleza de encarga de reiniciar el proceso físico y químico de reintegración de elementos esenciales. La carne se vuelve polvo, y la conciencia se reduce a la memoria de los demás. Comienza así a latir el recuerdo de los fantasmas ancestrales.
Madrugada
Posterior al tratamiento de los cadáveres, queda la cuestión del culto a los muertos. Si bien no hay pruebas científicas que permitan confirmar una vida ultraterrena, nuestra obsesión por la permanencia nos ha hecho pergeñar las más elaboradas elucubraciones sobre una eventual “vida” después de la vida. “Nada en este mundo es perpetuo”, sostiene David Hume en De la inmortalidad del alma. Sin embargo, abre la puerta a la posibilidad de trascender el plano material para alcanzar una existencia plena con la Unidad.
Este argumento sostiene las conmemoraciones en memoria de
los muertos: la búsqueda de una vida paralela, y por lo tanto semejante, a la recién dejada. La muerte sólo es un tránsito, un instante para dar paso a una realidad mucho menos agobiante. Los muertos requieren de los vivos para existir, pero nunca se van del todo. “Lo que muere no desaparece del mundo”, afirmó Marco Aurelio en sus Confesiones muchos años antes de formularse el principio físico positivista sobre la conservación de la materia, y que afirma que nada se destruye ni se crea, sólo se transforma. Si, entonces, permanece aquí, lo hace para transformarse y dividirse en sus elementos básicos, remata el filósofo estoico, a quien los azares de la vida –esa absurda e infinita cadena de eventos incontrolables– los pusieron en la cima del poder político de su tiempo. Emperador filósofo –y estoico para mayor paradoja del destino– Marco Aurelio también en la muerte una liberación de los sufrimientos padecidos en este mundo. Sin llegar a los extremos del cristianismo, abogaba por una moderación virtuosa: obedecer a la razón y a la divinidad abría las puertas del gozo interior.
En tanto somos fruto de una conjunción de pequeños azares, nuestra memoria es frágil y corre el riesgo de ser borrada. Sólo nuestros descendientes más directos nos honrarán. Nadie aquí se acuerda de sus antepasados del siglo XVIII. Y sin embargo existieron, y en estricto respeto de las leyes de la genética, siguen latiendo en nosotros.
Oído a una mujer española de Getafe
Crepúsculo
La muerte siempre es una sorpresa. Nunca he visto un cortejo fúnebre con la totalidad de la gente vestida de negro: por aquí y por allá, como una desperdigada mancha cromática, como un lunar de luz iridiscente, va la gente vestida con colores vivos y hasta chillantes (por eso me dan risa las películas mexicanas que visten de riguroso luto a los personajes cuando hay un muerto: nunca somos tan solemnes). También me da mucha risa aquel lugar común que asegura que los mexicanos nos reímos de la muerte. No hay tal. En este caso, la irreverencia es una forma velada de miedo, de temor apenas encubierto. “No te alegres de la muerte de uno;/ acuérdate que todos moriremos”, nos advierte el Eclesiastés con ese tono entre admonitorio y represor tan propio del Dios iracundo del Antiguo Testamento.
He oído a más de uno decir que no teme a la muerte, pero confiesa su miedo al dolor. Heráclito ya había anticipado la insensatez de resistirse al ineludible fin: “los necios desean la vejez por miedo a la muerte”, sentencia el Oscuro. Como todo mito, tiene un sustrato de verdad, respaldado en la visión anticipada de los dolores de la vejez y de los estertores de la agonía: el tránsito último, el postrero y cansino estirón de la vida aferrada a sus últimas gotas nos agobia si no poseemos un espíritu tallado en granito. El miedo devora a las almas, se ha sentenciado en más de una ocasión.
No es casualidad que la tasa de suicidios se dispare en la temporada decembrina, justo cuando vienen los momentos de reflexión a propósito de lo realizado a lo largo del año. Mirar hacia atrás tiene sus consecuencias funestas: es el Síndrome de Orfeo: perdemos a Eurídice, la buena vida, por ver lo que va a nuestra espalda.
El atardecer de la vida es uno de los momentos más terribles para la conciencia humana. La sensación de finitud, unida a inevitables exámenes de contrición, vuelven pavorosa la idea de la muerte. El derrumbe físico a veces queda opacado por el alud espiritual cuando se echa un poco de luz sobre nuestra biografía; la sensación de ser proyectos inacabados nos demuele; arrasa al espíritu que vive sus últimos minutos. La hora de todos tan temida patenta al instinto de conservación grabado en nuestros genes generación tras generación desde hace eones.
“Piensa constantemente en la muerte para no temerla”, nos recomienda Séneca en De la brevedad de la vida. De estirpe genuinamente estoica, este escritor romano veía en la muerte un refugio en el cual descansaría de las vicisitudes de la vida. Un auténtico (y necesario) placer tematizado para enfrentar el horror de la desaparición física, de la finitud arrastrada desde el primer vagido.
Medianoche
La muerte es un instante incierto, semejante a la penumbra. Biológicamente, es la interrupción de la nutrición celular, lo que acarrea el colapso de todos los sistemas del organismo. Lo emocionante es que en los seres más complejos, como los humanos, la muerte viene programada genéticamente. En otras palabras, nuestras células portan un gen “suicida”, fijando así la duración de su existencia. Una vez terminada la actividad eléctrico-química del cerebro se puede hablar de muerte, aunque determinar ese fin no siempre es preciso. Los sistemas circulatorios del cerebro y de la médula espinal son independientes y la circulación de la aorta alcanza a irrigar la médula aunque el cerebro esté en estado de anoxia.
Por supuesto ahora es más difícil que ocurra un enterramiento prematuro, tema predilecto de los escritores góticos del siglo XIX (“El enterrado vivo”, de John Galt es un buen y conciso ejemplo; Edgar Allan Poe lo parodió en un acidísimo artículo, aunque también ensayó una variación del tema en el cuento “El entierro prematuro”, donde relata las angustias de un cataléptico).
La certeza de la muerte llega con la putrefacción. Se alcanza así la oscuridad plena, absoluta. Aquí el plano biológico se empareja con el antropológico. Qué hacer con el cadáver ha sido un dilema para la psique humana. Ya desde hace cien mil años los neandertales mostraban un tenue sentido de la mortalidad al enterrar a sus muertos. De entonces a la fecha el funeral se ha vuelto más complejo, hasta llegar a la banalidad. Por ejemplo, en Hong Kong es posible planear hasta el más mínimo detalle; agencias funerarias ofrecen auténticos paquetes post mortem, donde se incluye desde el columbario hasta la vestimenta y los acompañantes del cortejo fúnebre, e incluso ¡celulares y tarjetas de crédito para ser incinerados junto con el cuerpo! Todo por unos tres mil euros. Nunca dejamos de causar problemas.
Con la muerte y los ritos vinculados con el manejo del cadáver inicia nuestro retorno a la madre Tierra, convertida en el momento de la muerte en una paradójica mortaja nutricia: descompone la vida para mantener el ciclo, círculo imposible de romper. Sea con el enterramiento, la cremación o la simple putrefacción al aire libre, la naturaleza de encarga de reiniciar el proceso físico y químico de reintegración de elementos esenciales. La carne se vuelve polvo, y la conciencia se reduce a la memoria de los demás. Comienza así a latir el recuerdo de los fantasmas ancestrales.
Madrugada
Posterior al tratamiento de los cadáveres, queda la cuestión del culto a los muertos. Si bien no hay pruebas científicas que permitan confirmar una vida ultraterrena, nuestra obsesión por la permanencia nos ha hecho pergeñar las más elaboradas elucubraciones sobre una eventual “vida” después de la vida. “Nada en este mundo es perpetuo”, sostiene David Hume en De la inmortalidad del alma. Sin embargo, abre la puerta a la posibilidad de trascender el plano material para alcanzar una existencia plena con la Unidad.
Este argumento sostiene las conmemoraciones en memoria de
los muertos: la búsqueda de una vida paralela, y por lo tanto semejante, a la recién dejada. La muerte sólo es un tránsito, un instante para dar paso a una realidad mucho menos agobiante. Los muertos requieren de los vivos para existir, pero nunca se van del todo. “Lo que muere no desaparece del mundo”, afirmó Marco Aurelio en sus Confesiones muchos años antes de formularse el principio físico positivista sobre la conservación de la materia, y que afirma que nada se destruye ni se crea, sólo se transforma. Si, entonces, permanece aquí, lo hace para transformarse y dividirse en sus elementos básicos, remata el filósofo estoico, a quien los azares de la vida –esa absurda e infinita cadena de eventos incontrolables– los pusieron en la cima del poder político de su tiempo. Emperador filósofo –y estoico para mayor paradoja del destino– Marco Aurelio también en la muerte una liberación de los sufrimientos padecidos en este mundo. Sin llegar a los extremos del cristianismo, abogaba por una moderación virtuosa: obedecer a la razón y a la divinidad abría las puertas del gozo interior.
En tanto somos fruto de una conjunción de pequeños azares, nuestra memoria es frágil y corre el riesgo de ser borrada. Sólo nuestros descendientes más directos nos honrarán. Nadie aquí se acuerda de sus antepasados del siglo XVIII. Y sin embargo existieron, y en estricto respeto de las leyes de la genética, siguen latiendo en nosotros.
sábado, 28 de noviembre de 2009
La Revolución y sus letras
La revuelta iniciada el 20 de noviembre de 1910 se reflejó con mayor o menor fortuna en el terreno de las artes, siendo la literatura y las artes plásticas donde germinaron sus mejores frutos.
Apenas levantada la tolvanera revolucionaria, aparecieron los primeros textos que reivindicaron las aspiraciones de los opositores al régimen porfirista.
Casi en el amanecer del movimiento aparece la novela Andrés Pérez, maderista, del prolífico Mariano Azuela, quien cuatro años después publicó Los de abajo, en un periódico de El Paso, Texas.
En 1929 aparece un título fundamental para lo que se ha dado en llamar la narrativa de la Revolución: La sombra del Caudillo, de Martín Luis Guzmán, quien desde el exilio retrató las maniobras de Álvaro Obregón para perpetuarse en el poder.
Estas historias comparten una visión pesimista hacia el movimiento iniciado en 1910 y relanzado en 1913 contra el reaccionario Victoriano Huerta, asesino de Francisco I. Madero.
Otras narraciones recogen el mismo desencanto, como se advierte en el cuento “El llano en llamas”, de Juan Rulfo o los textos de José Rubén Romero, que aparecen en el mediodía del siglo XX, mientras que algunos retazos de la lucha se advierten en Pedro Páramo, también de Juan Rulfo.
De hecho, en esta última, la Revolución corre como un ciclorama, con su turba de maderistas, villistas, carranclanes y hasta cristeros, como atestigua el alzamiento del padre Rentería.
De Rafael F. Muñoz tenemos Vámonos con Pancho Villa, una auténtica radiografía del espíritu del Centauro del Norte, y quizás una de las obras más optimistas del género.
En un registro más irreverente y punzante, apoyado en un humor atroz y en una ironía aniquiladora, Jorge Ibargüengoitia entregó Los relámpagos de agosto, que aborda la última intentona subversiva, llamada la revolución de los ferrocarriles.
Esta última revuelta fue un intento por frenar la aparición del Partido Nacional Revolucionario, ideado por Plutarco Elías Calles.
Ibargüengoitia, que se paseó por los géneros más significativos de la mitad del siglo XX, como la novela de dictadores (Maten al león), la de denuncia social con tintes noir (Las muertas) y la propia novela de la Revolución (la ya citada Los relámpagos de agosto), es el que nos ofrece una lectura cáustica del movimiento armado, aderezada por la parodia y la sátira política.
Sus personajes son unos cuantos peleles, que actúan bajo los designios de una inteligencia maligna, la de Vidal Sánchez, versión literaria del ambicioso Calles.
Con esta ópera prima, Ibargüengoitia dejó constancia de su talento narrativo, pero sobre todo de su mirada mordaz.
Pero la visión más crítica y desencantada vino años más tarde, con la aparición de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, quien retrata a un oportunista que se aprovecha del movimiento armado para enriquecerse.
La novela significó el canto del cisne del género, aunque años más tarde el propio Fuentes trataría de darle nuevo aliento con la publicación de Gringo viejo, aunque esta historia carecía de altura épica.
Para cerrar este apretado recuento de letras y balas, debemos recordar a José Revueltas, a quien debemos una historia estrujante, cubista en la forma, pero existencialista en el planteamiento. Hablo de El luto humano, que muestra el rostro descarnado de una revolución domesticada, que movió todo y nada cambió.
Apenas levantada la tolvanera revolucionaria, aparecieron los primeros textos que reivindicaron las aspiraciones de los opositores al régimen porfirista.
Casi en el amanecer del movimiento aparece la novela Andrés Pérez, maderista, del prolífico Mariano Azuela, quien cuatro años después publicó Los de abajo, en un periódico de El Paso, Texas.
En 1929 aparece un título fundamental para lo que se ha dado en llamar la narrativa de la Revolución: La sombra del Caudillo, de Martín Luis Guzmán, quien desde el exilio retrató las maniobras de Álvaro Obregón para perpetuarse en el poder.
Estas historias comparten una visión pesimista hacia el movimiento iniciado en 1910 y relanzado en 1913 contra el reaccionario Victoriano Huerta, asesino de Francisco I. Madero.
Otras narraciones recogen el mismo desencanto, como se advierte en el cuento “El llano en llamas”, de Juan Rulfo o los textos de José Rubén Romero, que aparecen en el mediodía del siglo XX, mientras que algunos retazos de la lucha se advierten en Pedro Páramo, también de Juan Rulfo.
De hecho, en esta última, la Revolución corre como un ciclorama, con su turba de maderistas, villistas, carranclanes y hasta cristeros, como atestigua el alzamiento del padre Rentería.
De Rafael F. Muñoz tenemos Vámonos con Pancho Villa, una auténtica radiografía del espíritu del Centauro del Norte, y quizás una de las obras más optimistas del género.
En un registro más irreverente y punzante, apoyado en un humor atroz y en una ironía aniquiladora, Jorge Ibargüengoitia entregó Los relámpagos de agosto, que aborda la última intentona subversiva, llamada la revolución de los ferrocarriles.
Esta última revuelta fue un intento por frenar la aparición del Partido Nacional Revolucionario, ideado por Plutarco Elías Calles.
Ibargüengoitia, que se paseó por los géneros más significativos de la mitad del siglo XX, como la novela de dictadores (Maten al león), la de denuncia social con tintes noir (Las muertas) y la propia novela de la Revolución (la ya citada Los relámpagos de agosto), es el que nos ofrece una lectura cáustica del movimiento armado, aderezada por la parodia y la sátira política.
Sus personajes son unos cuantos peleles, que actúan bajo los designios de una inteligencia maligna, la de Vidal Sánchez, versión literaria del ambicioso Calles.
Con esta ópera prima, Ibargüengoitia dejó constancia de su talento narrativo, pero sobre todo de su mirada mordaz.
Pero la visión más crítica y desencantada vino años más tarde, con la aparición de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, quien retrata a un oportunista que se aprovecha del movimiento armado para enriquecerse.
La novela significó el canto del cisne del género, aunque años más tarde el propio Fuentes trataría de darle nuevo aliento con la publicación de Gringo viejo, aunque esta historia carecía de altura épica.
Para cerrar este apretado recuento de letras y balas, debemos recordar a José Revueltas, a quien debemos una historia estrujante, cubista en la forma, pero existencialista en el planteamiento. Hablo de El luto humano, que muestra el rostro descarnado de una revolución domesticada, que movió todo y nada cambió.
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